Immanuel Kant (1724-1804)nació y murió en la antigua ciudad prusiana de Königsberg. Procedía de una familia modesta y de arraigada profesión de fé cristiana. Echó fama de persona metódica y ordenada. A pesar de nunca haber salido de su ciudad natal y sus alrededores, el suyo fue un espíritu cosmopolita y siempre estuvo al tanto de lo que pasaba en el mundo a través de periódicos y libros. La extensión e intensidad de sus conocimientos fueron estimuladas por la penuria económica y el agobio del pluriempleo, que le obligaban a profesar casi la totalidad de las materias de las Facultades de Filosofía de la época. Comprendían las ciencias empíricas -tanto naturales (física, química o geografía) como humanas (historia, filología, antropología) y las “ciencias puras”, como la matemática pura y la filosofía pura, ésta a su vez dividida en dos grandes apartados (la metafísica de la naturaleza y la metafísica de las costumbres) que acabarían vertebrando la propia obra de Kant.
Kant adquirió una cierta familiaridad con la tradición de la metafísica racionalista, de inspiración remotamente leibniziana, sistematizada por Christian Wolff. Éste sostenía que todos los entes que componen la realidad han de ser posibles (es decir, no contradictorios) y existen en virtud de una razón suficiente, de suerte que estos dos principios se bastarían para explicar todo cuanto hay. Un armonismo éste del que ayudarían a salir a Kant el empirismo antimetafísico de Hume y el radicalismo político de Rousseau.
En lo que se refiere a Hume, y por más que Kant no vacile en atribuirle la hazaña de haberle despertado del “sueño dogmático”, la deuda precisa matizaciones. No está claro que el empirismo constituya la teoría del conocimiento más adecuada para satisfacer las necesidades del pensamiento científico, como la de dar cuenta, por ejemplo, del funcionamiento del principio de causalidad. Cuando la priedra lanzada por un muchacho rompe el cristal de una ventana, lo único que empíricamente percibimos es una sucesión de hechos -lanzamiento y rotura- pero no así el nexo causal entre uno y otro, que sería absurdo reducir a la simple secuencia temporal de nuestras percepciones (nadie diría, pongamos por caso, que la undécima campanada del reloj sea la causa de la duodécima cuando oímos dar la hora al mediodía). Frente a la pretensión empirista de que no hay nada en el entendimiento que no se halle con antelación en los sentidos (nihil est in intellectu quod prius non fuerit in sensu) un Leibniz habría respondido que ciertamente no lo hay… salvo el entendimiento mismo (nisi intellectu ipse). Si Hume despertó a Kant del sueño dogmático, fue Leibniz quien le previno de incurrir en el sueño escéptico y abandonarse a la tentación de renunciar a cualquier esfuerzo por ir más allá de lo empíricamente dado, con la funesta consecuencia de impedir al sujeto cognoscente la posibilidad de contribuir activamente a la organización intelectual del conocimiento científico en lugar de someterse pasivamente a los rudos y crudos datos suministrados por los objetos conocidos de conformidad con los cánones empiristas.
La “revolución” filosófica de Kant divide en dos la historia entera de la filosofía. Descontando el difuso precedente del humanismo renacentista, la reivindicación del protagonismo del sujeto en la filosofía moderna se remonta a Descartes, pero la de Kant es más sobria y sofisticada que la cartesiana. El sujeto del que habla Kant no es el “yo substancial” de la metafísica racionalista inaugurada con Descartes y que vendría a ser para el criticismo incognoscible, pues no hay manera de confirmar su existencia (Kant reservará para esa supuesta substancia -la res cogitans del cogito, ergo sum- la denominación de sujeto metafísico o “yo nouménico”), pero dicho sujeto tampoco se reduce a inconexas percepciones de sí, como lo quería el empirismo antimetafísico de humeano, pues el yo de “yo pienso” o cogito habrá de acompañar a todo acto de conocimiento, un sujeto que oficiaría como “la condición de posibilidad” de cualesquiera objetos o hechos en cuanto conocidos (recibirá en la jerga kantiana el nombre de sujeto o “yo trascendental”, con lo que el criticismo kantiano pasará a ser llamado trascendentalismo).
De la deuda de Kant para con Rousseau, reconocería deberle poco menos que su “sentido de la humanidad”, obnubilado con frecuencia en los filósofos por un pedante intelectualismo, y consideraba a Rousseau “el Newton del mundo moral”, en el que él mismo había sido introducido de su mano. Cabría decir ahora, que el lugar central ocupado por el sujeto (el sujeto moral y no ya el tracendente) se traduce en la “autonomía” de su legislación moral o su moralidad, la cual el hombre se impone a sí mismo libremente en lugar de esperar a que le venga heterogéneamente impuesta desde fuera. La huella de Rousseau en Kant-más que la de ningún otro ilustrado, cosa que aquél sólo lo fue muy matizadamente- se dejará apreciar con fuerza en el texto Contestación a la pregunta: ¿Qué es la Ilustración? de 1784, donde Kant aventura una famosa caracterización de esta última:
Ilustración significa el abandono por parte del hombre de una minoría de edad de la que él mismo es culpable. Esta minoría de edad significa la incapacidad para servirse de su entendimiento sin verse guiado por algún otro. Y uno mismo es el culpable de dicha minoría de edad cuando su causa no reside en la falta de entendimiento, sino en la falta de valor y de resolución para servirse del suyo propio sin la guía de algún otro. Sapere aude! ¡Ten el valor de servirte de tu propio entendimiento! Tal es el lema de la Ilustración.